TCAs

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCAs), también llamados Trastornos Alimentarios o Trastornos de Alimentación (TA) o Eating Disorders en inglés, son, como su nombre indica, un desorden o alteración del comportamiento con la comida. Las manifestaciones de estos trastornos pueden ser muy diversas: excluir ciertos alimentos de la dieta, o, por el contrario, comer sólo alguno o algunos de ellos; comer en exceso o evitar la comida a toda costa, etc. A lo que se une, en algunos de ellos, la necesidad de compensación para perder las calorías ingeridas.

Aunque aparentan ser sólo un problema con la dieta alimenticia y con el físico (talla, peso, belleza…), son en realidad un reflejo del estado de ánimo interno y de dificultades para afrontar situaciones de la vida. De ahí que tanto hombres como mujeres, y tanto niños como adultos de distintas edades puedan tener un trastorno de alimentación y necesiten un tratamiento psicológico para superarlo.

De los síntomas y puntos en común de los trastornos de alimentación hablamos más abajo, así como de los síntomas psicológicos que subyacen y de las dificultades familiares y sociales que surgen.

Los criterios de diagnóstico utilizados por los médicos (de los que también se habla más abajo) sólo reconozcen algunos trastornos alimentarios, pero lo cierto es que hoy en día van apareciendo y reconociéndose más enfermedades que se ven agrupadas bajo este nombre.

Son Trastornos de Alimentación:

Para saber más…

Dentro de los Trastrornos de la Conducta Alimentaria se encuentran algunas enfermedades que han dado y, sin duda, seguirán dando mucho que hablar, como son la anorexia y la bulimia nerviosas. A pesar de ser las más discutidas y nombradas, son, sin embargo, las que menor proporción ocupan dentro de los Trastornos de Alimentación; explicaremos por qué. Pero primero vamos a comenzar por explicar qué son los Trastornos de la Conducta Alimentaria.

Como se indica más arriba, los TCA pueden definirse como desórdenes o alteraciones del comportamiento con la comida y pueden tener distintas manifestaciones con respecto a ésta, la comida, y al aspecto físico.

Hasta aquí lo que puede ser perceptible o visible por los demás. Y lo que resulta visible está siempre relacionado con la comida. Porque el comportamiento con la comida es el síntoma de estos trastornos. Al igual que un resfriado nos puede provocar estornudos, mocos, escalofríos, cansancio y fiebre, un trastorno de alimentación puede provocar que comamos por exceso o por defecto, así como que busquemos eliminar las calorías ingeridas mediante ejercicio, medicamentos o vómitos provocados.

La realidad de un resfriado es que hay un virus circulando por nuestro organismo y que nuestro cuerpo, debilitado y bajo en defensas, se defiende contra el ataque de ese microorganismo que intenta destruirnos. Según estén nuestras defensas, nos durará más o menos tiempo y podremos tener fiebre, más o menos alta. De forma similar, la realidad de un Trastorno de Alimentación es que hay un conjunto de pensamientos circulando por nuestra mente que no sabemos identificar y expresar; un conjunto de pensamientos tan potente y oculto que nos provoca cambios visibles en nuestra relación con la comida. Al igual que con el resfriado, según la persona y sus circunstancias, los síntomas pueden ser sólo unos estornudos y unos mocos o una fiebre muy alta que nos tenga en cama varios días. Un resfriado suele superarse con reposo y medicamento en apenas una semana, pero de estar la persona muy baja en defensas y de no ser tratado, podría derivar en pulmonía. Un trastorno de alimentación, a menudo oculto, y que no es tratado, va aumentando y empeorando la situación de la persona que lo padece, agravando su situación y su sufrimiento psicológicos. Quizás la mayor diferencia entre un resfriado y un trastorno de alimentación sea que mientras el primero se produce a nivel físico u orgánico, el segundo tiene lugar a nivel psicológico; por eso un trastorno de alimentación, para ser superado, necesita un tratamiento psicológico, más largo y complejo que el reposo en cama.

No significa esto que la persona que tenga un TCA esté loca, en absoluto; tiene un problema psicológico que necesita ser tratado, nada más y nada menos. Los pensamientos o ideas que recorren la mente de una persona con un trastorno de alimentación son diversos y, cuanto mayor tiempo pase, más crecen y más afectan de forma negativa a la persona que lo tiene. Son pensamientos que pueden surgir en la infancia o en la adolescencia, con los cambios hormonales; también pueden llevar ocultos varios años y resurgir cuando la persona ha de enfrentarse a una situación de la que se siente incapaz de afrontar; o surgir en la madurez, después de tener hijos o cuando éstos comienzan a irse de casa. Son enfermedades que, en contra de la opinión pública, no tienen edad ni sexo. La “publicidad” gratuita que se les da en los medios de comunicación suele ser desacertada; apenas hoy en día, en el año 2008, en el siglo XXI, comienzan algunos medios a interesarse realmente por lo no morboso del trastorno, por la verdadera realidad.

Y ¿cuál es esa realidad de la que hablamos? Las dificultades psicológicas. Hay ciertos puntos que suelen compartir quienes desarrollan un trastorno de alimentación:

  • inseguridad y baja autoestima: el valor y aprecio otorgados a uno mismo se encuentran desequilibrados, se ven más los puntos negativos y los defectos de uno mismo que las capacidades y virtudes. La baja autoestima viene fomentada por lo que los psicólogos llaman distorsiones cognitivas: pensamientos o modos de pensar distorsionados, irreales. Entre ellos, por ejemplo:
    • el pensamiento extremista: todo o nada; siempre o nunca; bueno o malo; el típico blanco o negro.
    • las generalizaciones excesivas: “todo me sale siempre mal …”; “nadie me esucha nunca”; “nunca hago nada bien”, “no sirvo para nada”, etc.
    • una visión catastrofista de las situaciones.
    • compararse con los demás y otorgar una gran importancia a la opinión ajena; es también común personalizar las situaciones y los comentarios, creyendo que lo se oye (algo negativo) se refiere a uno mismo.
  • falsa sensación de control o descontrol, relacionada con lo anterior. Como hemos visto, los extremos abundan en estas enfermedades. Así, la sensación de descontrol sobre la propia vida y las propias decisiones es bastante común; una sensación que pretende ser combatida con el control de la comida y del propio cuerpo, o calmada mediante una ingesta excesiva y a menudo descontrolada de alimentos. Como ejemplo podemos citar frases como: “soy la única persona responsable de esto” o “no puedo hacer nada en esto otro”.
  • autoexigencia muy elevada y tendencia al perfeccionismo: van unidas de la mano, y están completamente ligadas a la baja autoestima. La sensación de responsabilidad (“tengo que” o “debo” hacer/decir/no hacer/no decir…) y de culpabilidad de nuestros propios actos suele ser muy alta; lo que provoca que cada día nos exijamos más a nostros mismos y que el más mínimo fallo nos haga pensar en demasía, otorgarle más importancia de la que tiene y sentirnos tremendamente culpables, a veces autocastigándonos en exceso.
  • un valor falso otorgado a la imagen y a la comida: suele estar oculto, y la persona no suele reconocerlo, pero es el que, junto con todo lo anterior, lleva a la obsesión por el peso, la apariencia, la talla o la figura.
  • un desánimo generalizado por la vida: suele haber una falta de ganas por vivir; el pensamiento “la vida es una mierda” -¡con perdón!- es bastante común.

Dado que el trastorno gira, en la superficie, en torno a la comida y a la figura, es en ellos en quien se personaliza la mayoría de los problemas: la culpabilidad, la exigencia, el control o descontrol, la alegría o la tristeza, etc.

No obstante, existen otros síntomas, a nivel de comportamiento y conducta con uno mismo y con los demás que son también perceptibles y que quienes desconocen el problema no suelen relacionar con el alterado comportamiento con la comida. Pueden variar según la persona, estar más o menos ocultos, pero tarde o temprano salen a la luz de forma inconsciente. Hablamos de una susceptibilidad muy pronunciada, todo afecta en demasía, desde un disgusto, una discusión o una crítica hasta una puntuación media en un examen o una mirada (alegre o enojada, ambas nos pueden hacer pensar mal y sentirnos aún peor); la irritabilidad o irascibilidad, que nos hace gritar con facilidad, dar golpes y portazos, romper objetos o incluso hacernos daño físico a nosotras/os mismas/os; también los cambios bruscos de humor; la tendencia al aislamiento social, es decir, a no querer salir de casa, a hacer amigos o mantener el contacto con las amistades que ya se tienen; el miedo excesivo; la autoexigencia, la culpabilidad y el pesimismo pueden ser también perceptibles en las conversaciones; y, por supuesto, la dejadez o la excesiva preocupación por el físico, también. Estos y otros comportamientos hacen que la convivencia sea difícil con la persona que tiene un trastorno de alimentación. Es común que familiares y amigos sientan que “no pueden decirle nada” a esa persona porque “todo se lo toma a la tremenda”, porque “todo le sienta mal”, que “no sepan ya qué hacer ni qué decir”. Y cuando estos síntomas psicológicos se prolongan en el tiempo pueden surgir sentimientos de rabia y a veces se echa la culpa a esa persona que se comporta así.

La dificultad para expresar lo que piensan y lo que sienten está en la base de la enfermedad y es otro motivo más de discusión. Por un lado, es una dificultad con uno mismo, ya que no se identifican los sentimientos o pensamientos reales; y, por otro lado, no se transmiten a los demás, bien por desconocerlos, bien por un miedo irracional a la reacción del otro, lo que impide o dificulta que familiares y amigos entiendan a esa persona y que tengan que imaginar lo que le ocurre, lo que está pensando, con la gran posibilidad de error que eso supone.

Todo esto crea un ambiente de discusiones frecuentes, de miradas evitadas, de rabia contenida, de odio, que hace que la familia sufra tanto como la persona que tiene el trastorno de alimentación. Visto así por la familia, esta tiende a hacer culpable a esa persona de la mala situación que viven en casa. Surgen así dos ambientes separados y a la vez unidos: la persona que tiene el trastorno, con su mundo interno de dolor, que intenta seguir adelante, y la familia que no entiende lo que ocurre pero sí ve la difícil convivencia con ese miembro de la familia.

También es posible, y hay que tenerlo en cuenta, que se pueden dar algunos de estos síntomas y una situación familiar similar a la descrita y no existir un problema de alimentación, especialmente en el caso de una depresión, que, generalmente, provoca falta de apetito, lo que puede confundirse con la anorexia nerviosa. En ese caso la terapia psicológica también sería necesaria y seriá el psicólogo la persona encargada de discernirlo y de determinar el tratamiento a seguir.

Los criterios de diagnóstico DSM-IV elaborados en los 90 y utilizados por los médicos especialistas (psicólogos y psiquiatras) sólo contemplan tres de ellos: Anorexia Nerviosa (AN), Bulimia Nerviosa (BN) y trastornos de alimentación No Específicos (NE), mientras los criterios de diagnóstico CIE 10, más modernos que los anteriores, mencionan los siguientes: anorexia nerviosa, anorexia nerviosa atípica, bulimia nerviosa, bulimia nerviosa atípica, hiperfagia en otras alteraciones psicológicas, vómitos en otras alteraciones psicológicas, otros trastornos de la conducta alimentaria y trastorno de la conducta alimentaria sin especificación. Hay que tener en cuenta que los nombres que ahí aparecen sólo son etiquetas que les sirven a los médicos para poder comunicarse entre ellos y saber a qué síntomas físicos (los relacionados con la comida) se refieren, pero la realidad es que esos síntomas se mezclan con mucha frecuencia en los pacientes y que hay más diagnósticos de trastornos no específicos que de anorexia y bulimia nerviosas, ya que tan sólo con que uno de los síntomas físicos que el DSM-IV menciona, no aparezca (por ejemplo, falta de menstruación en las mujeres durante al menos tres meses seguidos o un mínimo de tres vómitos provocados a la semana) ya no se acepta la etiqueta de anorexia o bulimia nerviosas y se le da el nombre de trastorno no específico. Aquí, como decíamos, no seguiremos esos criterios médicos. Además, como véis, esos criterios sólo se basan en los síntomas físicos, que sí, son los que distinguen estas enfermedades, pero que, como hemos explicado, son los síntomas y el malestar psicológicos los verdaderamente importantes, los causantes del trastorno en sí mismo.

Conviene mencionar aquí también otras alteraciones que pueden aparecer en el desarrollo de los TCA, tales como la depresión, la ansiedad, la dismorfobia, las autolesiones o el trastorno obsesivo compulsivo (TOC). Sobre ellas se hablará en Otros. También en algunas ocasiones los TCA surgen asociados a alteraciones psiquiátricas como los trastornos de personalidad.

Ante cualquier duda, no dudéis en preguntarnos. Os responderemos lo mejor que sepamos.

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2 comentarios

  1. hola, me gustaría saber más cosas para poder pasarselas a un amigo que tiene una amiga bastante especial que tiene bulimia nerviosa

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