Imagínate que vives en un mundo donde tener dolor de cabeza es signo de debilidad. Es un tabú. ¡De eso no se habla!
Ahora imagínate que te duele la cabeza todos los días y no se lo puedes decir a nadie porque te morirías de vergüenza. Tienes que ir al cine con dolor de cabeza, a la discoteca con dolor de cabeza y no puedes decir nada aunque sientas que te está matando la música a todo volumen. Tienes que sonreir hasta que te puedes ir un momento al baño a llorar en soledad por el dolor y la frustración para salir otra vez con la sonrisa puesta. Sabes que la gente te considera un bicho raro porque te vas en lo mejor de la fiesta. Sin razón aparente. Creen que no sabes divertirte. No entienden tus cambios de humor. Y así día tras día. Un año tras otro.
Tú tampoco entiendes muy bien lo que te pasa. No conoces la vida sin dolor de cabeza, pero parece que es algo que no existe porque nadie habla de ello. No entiendes por qué los demás no tienen ese problema y tú sí. No entiendes por qué no puedes hacer nada para evitarlo. No te entiendes a tí mismo y sabes que los demás no solo no lo entenderían sino que te marginarían si se enteraran de lo que te ocurre.
Si pudieras hablar con alguien del tema. Si pudieras relajarte, al menos diez minutos. Si supieras que hay cientos de miles de personas ahí fuera con el mismo problema que tú. Si supieras que tú no tienes la culpa de que te duela, que es absurdo sentirse inferior o diferente por tener dolor de cabeza. Si supieras que hay formas de curarse y que bastaría con encontrar un médico comprensivo para encontrar la salida de ese infierno. Aunque sea difícil, aunque el camino sea largo pero al menos dejarías de dar vueltas y vueltas sin dirección.
Imagínate que un día alguien se atreve a decir la verdad: ¡me duele la cabeza! Podría ocurrir que varias personas se atrevieran. De pronto sabrías que no estás solo. Imagínate que, poco a poco, la gente fuera atreviéndose. Se harían estudios y se descubriría que más del 1% de la población tiene ese problema. De pronto sabrías que con seguridad conoces al menos a una persona como tú. Imagínate que tienes un amigo que empieza a comportarse de manera extraña. Sospechas que le duele la cabeza. Podrías sentarte con él y confesarle que le entiendes, que sabes lo que está pasando. Podrías reconfortarle y acompañarle al médico para que no tenga que pasar el trago solo como te tocó a tí. Tu hijo tendrá más suerte porque tu generación habrá cambiado las cosas, harta de sufrir. Él mismo te dirá: me voy a tomar una aspirina que me duele la cabeza, como si fuera lo más normal del mundo. Si no se le quita irá a la farmacia y si no al médico. No sabe por lo que tuvieron que pasar su padres… ¡por suerte!
Ojalá llegue a ser tan absurdo callarse un TCA como callarse un dolor de cabeza. Ojalá llegue pronto el día en el que la gente le comente al médico con normalidad: creo que tengo un problema con la comida. ¡Lucharemos por ello!
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Ojala Violeta, ojala
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Cuando algo da miedo, se tiende a ocultar. Y las enfermedades mentales dan mucho miedo.
Pero, poquito a poco, se va haciendo camino
, claro que si
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