Ser débil

Frágiles y duros a la vez, débiles y fuertes, ¿por qué no? Hay cosas que nos afectan más, que nos tocan la sensibilidad y otras que apenas nos afectan, bien por no importarnos bien porque aprendimos a hacerles frente y a no dejarnos hundir por ellas.

La opinión de los demás, el qué dirán es una de ellas. Claro que el comentario puede ser sobre cualquier cosa, desde nuestro pelo o nuestro comportamiento hasta lo bien que besamos o apoyamos a un amigo o amiga.

¿Por qué es frágil o débil una persona? Puede haber cientos de motivos. La baja autoestima, la inseguridad y la falta de confianza en uno mismo suelen estar presentes. Y ¿qué fomenta esa baja autoestima, inseguridad y falta de confianza? Generalmente el entorno y las vivencias personales. Suele decirse a los padres que fomenten la autoestima en sus hijos; sin duda eso ayudaría, pero no todos los padres han visto reafirmada la suya propia y uno no nace sabiendo cómo se hace.

Hay experiencias (dentro o fuera del entorno familiar) que pueden fomentar los tres motivos expuestos: las continuas exigencias sin reconocimiento alguno de lo que se hace bien; las burlas de compañeros y amigos, quizás unidas a un aislamiento por parte de los demás, que hoy en día se ve en grado extremo (me refiero al acoso escolar o bullying y al acoso moral en el trabajo o mobbing) ; abusos sexuales; malos tratos (físcos o psicológicos).

La forma en que afectan a una persona puede variar dependiendo de la gravedad de los mismos, de la duración en el tiempo y de la propia persona que los sufre: si la baja autoestima y la inseguridad estaban ya presentes, afectará más.

Curiosamente y por lo general cuando una persona tiene inseguridad y desconfianza y cuando su autoestima es más baja de los saludable, los demás suelen advertirlo. “El miedo se huele”. Sí, debe de ser un instinto animal que aún no hemos perdido, o quizás sea un instinto social que hemos desarrollado al relacionarnos con otros humanos. La cuestión es que cuando un niño o un adolescente se muestra tímido y susceptible, otros niños o adolescentes, también susceptibles pero con una coraza de dureza, tienden a enfocar sus burlas, su frustración y enfado en esos otros que se muestran frágiles. También ocurre entre los adultos, no es sólo un mundo de colegio e institutos, sólo que los adultos suelen comportarse de un modo ligeramente distinto.

La inseguridad y la desconfianza suelen llevar a más inseguridad y más desconfianza en uno mismo, minando y disminuyendo día a día la autoestima. A menos que se le ponga freno. Cuando uno es joven, puede no darse cuenta; también cuando es mayor. Pero lo cierto es que el malestar va creciendo en el interior. Hasta que se busca un remedio.

Y el remedio es aprender. ¿A quién no le gusta aprender? Muchos pensarán “a mí no” pero no me refiero a estudiar sino a satisfacer esa curiosidad que todos sentimos por uno u otro tema. ¿Te gusta el fútbol, la gimnasia? ¿un cantante o un actor? ¿los animales, las plantas, el arte? ¿Te gustas a ti mismo? Se trata de aprender una nueva forma de ver las situaciones. Puedes quedarte con el viejo punto de vista si quieres, si consideras que te ha aportado alegrías y felicidad; o puedes probar uno nuevo o fusionar los dos. Es cuestión de encontrar un equilibrio en nuestro modo de afrontar comentarios y opiniones, así como casualidades, hechos o decisiones que no nos haga sentirnos mal a cada momento.

Pero al igual que aprender a andar, aprender a desarrollar ese nuevo punto de vista requiere tiempo, y también algo de ayuda. Lo normal es que esa forma de ver las cosas lleve años con nosotros y esté instaurada como las costumbres, las manías o los vicios. Cambiar una costumbre supone un esfuerzo, grande, y no se hace en un día. Y para poder cambiarla o abandonarla, lo primero es darse cuenta de ella y lo segundo desear modificarla. Después vienen ese esfuerzo, que puede durar meses o años, hasta que se convierta en una nueva costumbre, sana, que nos haga sonreír o, al menos, no venirnos abajo de repente.

El remedio es cuestionarse esos pensamientos que tenemos, razonarlos y relativizarlos: “mis amigas no me hacen caso, se ponen a hablar entre ellas y no me miran”, ¿te han dicho que te marches? ¿te has dirigido a ellas, has hecho alguna pregunta, o por el contrario te has mantenido apartada pensando “no me quieren hablar”?; “tengo la nariz y los ojos enanos”, ¿cuánto mide? ¿más grande o más pequeños que cuáles?; “soy torpe, no se me da nada bien”, ¿por qué eres torpe? ¿qué se te da mal exactamente? Y así podríamos poner numerosos ejemplos.

Llevar a cabo este “cambio” que yo prefiero llamar mejora o reaprendizaje, en los casos de baja autoestima, es más fácil llevarlo a cabo en una terapia cognitivo-conductual, en la que se nos ayuda a poner en claro cuáles son los pensamientos concretos que nos llevan a esa inseguridad y en la que se nos enseñan las técnicas que nos ayudarán a relativizar, a encontrar un equilibrio menos desproporcionado.

El trabajo conlleva tiempo, pero es bonito -al menos a mí me lo pareció- porque ayuda a conocerse mejor a uno mismo, a ver cómo los demás también tienen algunas de esas “costumbres” que nosotros también tenemos y que, por lo tanto, no somos bichos raros (¡ni mucho menos!). Exige un esfuerzo grande y costoso, sobre todo al principio; pero una vez se consigue, el bienestar y la alegría vuelven a nuestro día a día.

Lo mejor, sin duda, es no pensar en si se avanza o no, sino trabajar en ello; ya llegará el día en que miremos hacia atrás, en una retrospectiva, y sonriamos viendo lo que hemos sido capaces de conseguir gracias a nuestro esfuerzo y tesón.

¡Ánimo!

Escribe un comentario